MARCELO GREZ


ESCALERA
2008,  
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Y aquí voy otra vez, bajando por esta incómoda escalera que, para unir el patio de madera con la biblioteca que está debajo, se le ocurrió diseñar y construir a un arquitecto. Recuerdo que la primera vez que bajé por ella, sus escalones, de poca altura y ancho excesivo, hacían tan lento el descenso, que para desentorpecer los pies, intentándo mantener un ritmo natural, se suscitaba en uno la urgencia por descender a dos peldaños. Pero de ese modo, el impacto de cada paso era tan violento y ruidoso, que repercutía molestamente tanto en el cuerpo como en la paz de la biblioteca; por lo que no quedaba otra opción que la de volver a ejecutar los interminables pasitos cortos. Encontré despues, un escrito sobre esta escalera, que la definía como un dispositivo de transición; uno, cuyo propósito sería justamente el de adaptar el descender de la persona al cambio de ambientes. Se trataba con la escalera entonces, de un artefacto que, en lugar de unir progresivamente las cualidades de los dos espacios que vinculaba, suscitando una adaptación consciente, operaba más bién como uno de los torniquetes del metro; o como un resalto en la calle; es decir, como  un mecanicismo que pretendía atenuar los pasos de quien descendia adaptando su caminar entre lo que era «arriba, afuera y bullicio», y lo que era «abajo, adentro y silencio». Hoy, cuando la uso, ya no me toma por sorpresa; ya no me obliga a ejecutar esa suerte de danza a un ritmo distinto, sino que ese nuevo ritmo es, para mí, su forma de ser. Una forma que me volvería a sorprender si, con la repetibildad de los torniquetes o los resaltos, comenzase a aparecer en otras escaleras; y que dejaría de sorprenderme del todo si su forma terminase por convertirse realmente en la de algo habitual; en la forma de ser de muchas escaleras ahora trasformadas en «atenuadores»: un tipo de artefacto común que no necesitaría que una voz externa lo explicase; o que explicase que su aparición no contiene un error, porque su concepto, en ese caso, sería ya parte de la cultura.[1]
Pero cada vez que la uso, me da por pensar también, que no es tan fácil unir el ser de un objeto útil hecho en la usanza o la habitualidad, al ser de un mecanismo nuevo que se tenga a bien imaginar, y que, al menos por ahora, es injusto dotar de esa responsabilidad a la escalera alterándole sus peldaños; haciéndola una anomalía, cuya rareza, o error, si me lo preguntan, sí le añade, al mundo en que vivimos, un cierto interés.

 

[1] …es algo parecido a lo que ocurre con las escaleras mecánicas. En ellas, uno acepta la imposición maquinal de un artefacto, de un ingenio que sabemos oculta bajo la apariencia de una gentil escalera, sin que nadie deba explicarlo, un enorme animal silencioso de engranaje, cadena metálica y electricidad. Pero es un ingenio abiertamente esclavo que ya ha sido adjudicado a la categoría de las cosas utilitarias puestas allí para hacer de la mejor manera lo que se espera que hagan. La escalera mecánica no reclama la atención de quien la usa por el hecho de que altere su respiración o su paso; esa alteración, que sí ocurre, ya no es en sí misma algo peculiar. ¡Y claro que podría este animal mecanizado y de dócil apariencia encarnar a un ser demoníaco!, pero ello estaría inserto en una reflexión opcional permitida justamente por estar construido bajo esa ley implícita, según la cual, ya se ha aceptado que las escaleras están hechas para suavizar el roce entre espacios comunicados a diferentes niveles; espacios que, en cambio, sí pueden estar animados de maneras inusuales; porque los espacios, más que las escaleras, son los que afectan a las personas, y las personas, más por los espacios que por las escaleras, parecen desear ser afectadas. Quien ha hecho antes escaleras, las ha hecho expresamente para que pasen desapercibidas o sobreentendidas; para que quien las use evoque la experiencia que le han facilitado; tal como cuando se brinda o charla con un amigo, y lo que se recuerda, por sobre el recuerdo del músculo siendo impactado por un vaso o un asiento determinado, es la peculiaridad del contenido humano expresado. Pero es también posible, y hay que admitirlo, que de vez en cuando la peculiaridad de un vaso o un asiento sí ayude a fijar en la memoria de una manera especial la experiencia humana de un brindis o de una charla.

 

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