LA CARNE

‚Ė∑

Era temprano y la pel√≠cula comenzaba a√ļn dentro de media hora; decidimos, de igual modo, comprar los boletos. Frente a la taquilla, me sorprendi√≥ el mecanismo de control de los puestos vendidos. Consist√≠a en una peque√Īa tablita perforada en la que cada orificio correspond√≠a a la ubicaci√≥n de una butaca. Los orificios iban quedando vac√≠os a medida que se vend√≠an los boletos que previamente hab√≠an sido puestos enrollados en cada uno de ellos. Este detalle era uno, entre muchos otros, de los que daban a pensar si es que habr√≠an pertenecido siempre al uso real de la sala, o se habr√≠an colocado con posterioridad en virtud de que, adem√°s de ser econ√≥micos, daban al cine su connotaci√≥n caracter√≠stica de lugar alternativo al circuito comercial. Se trataba de una vieja sala de modestas proporciones, construida probablemente en la d√©cada de los ochenta, ubicada en el centro de la ciudad, y que s√≥lo m√°s tarde fue acondicionada como cine.
Era la primera funci√≥n, y como la sala estaba a√ļn vac√≠a, al vernos all√≠ parados, el sujeto que recib√≠a los boletos accedi√≥ a dejarnos entrar. Hab√≠a estado en ella un par de veces, pero en esas oportunidades hab√≠a ingresado a oscuras, con la proyecci√≥n de los avances y los avisos comerciales como √ļnico foco de atenci√≥n. Esta vez, la sala se me presentaba limpia, fr√≠a y bien iluminada. Siguiendo la costumbre de buscar la mejor vista, nos sentamos en la fila central, justo bajo el eje sim√©trico sobre el cual pasar√≠a el rayo del proyector cuando se apagasen las luces.
Sentados, y transcurridos unos minutos de conversaci√≥n, sobrevino uno de esos caracter√≠sticos silencios. Nada hab√≠a que decir; la temperatura de la calle, la luz del d√≠a, sus ruidos y olores propios, la venta de libros, las artesan√≠as, los bares y caf√©s con mesitas en la calle, y el ruido de las anchas avenidas aleda√Īas con su gran caudal de veh√≠culos, hab√≠an quedado atr√°s; s√≥lo est√°bamos los dos en la entra√Īa vac√≠a de un edificio de paredes iluminadas, impregnada de ese olor caracter√≠stico que emana de los tapices y las alfombras viejas y que se percibe cuando, gracias al trabajo de los enfriadores mec√°nicos, el aire queda libre de los olores de afuera. Buscando alguna frase con la cual llenar ese intersticio de silencio, a veces inc√≥modo en el curso de una conversaci√≥n con alguien que se est√° conociendo, comenc√© a detallar r√°pidamente el lugar en busca de algo que ameritara ser comentado.
Compon√≠an la sala, una serie de elementos arreglados en unidad, pero una unidad nada compacta. Estaban all√≠ las partes necesarias para equipar una sala de cine, pero parec√≠an simplemente agregadas a las paredes, sin una articulaci√≥n real entre ellas ni con los muros m√°s que mediante un simple atornillado, colgado o superposici√≥n. Eran visiblemente cosas tomadas de otros lugares; pero no parec√≠a ser un ensamblaje hecho por a√Īadiduras en el tiempo, sino todo de una sola vez, y de la mejor manera posible dadas unas precarias condiciones de recolecci√≥n. Los altavoces gozaban de completa autonom√≠a; pose√≠an tal identidad como elementos individuales que al verlos, se produc√≠a instant√°neamente¬†la evocaci√≥n de los posibles equipos o instrumentos musicales cuyo sonido habr√≠an estado amplificando poco tiempo antes de que alguien los colgase al muro; la integridad de su identidad, preservada en el nuevo ensamble, evidenciaba ese traslado literal que ahora era posible deshacer mentalmente. Lo mismo suced√≠a con las propias butacas; algo, sin poder decir exactamente qu√©, afectaba sus dimensiones y su inclinaci√≥n respecto a la pantalla, sinti√©ndose como las sillas de otro teatro trasladadas a √©ste. Los ductos de aire, ubicados directamente sobre los muros, y el extra√Īo plaf√≥n que cubr√≠a el techo, tambi√©n daban la impresi√≥n de no ser elementos del lugar, sino a√Īadiduras. Unas extra√Īas l√≠neas verticales decoraban adem√°s los muros, pasando por detr√°s de todos estos elementos acrecentando la sensaci√≥n de superposici√≥n.
Este pensamiento fugaz se complement√≥ acto seguido con otro, igual de breve, sobre las salas de los multicines. Todas estas partes sobrepuestas que daban a entender que no hab√≠a otra manera de colocarlas sino, literalmente, colgadas sobre los duros muros del viejo edificio, eran los mismos elementos que, d√°ndose por descontada su individualidad, quedaban perfectamente fusionados a la caja de las salas de los cines m√°s modernos configurando una unidad. En esas salas, antes de comenzar la pel√≠cula, cuando las luces est√°n a√ļn encendidas, se escucha a veces una m√ļsica ambiental, que uno no sabr√≠a a ciencia cierta de d√≥nde proviene, pero que invade el espacio creando una atm√≥sfera envolvente. De seguro hay unos altavoces ocultos en unas paredes que, a su vez, han sido creadas para contenerlos y disimularlos, as√≠ como al resto de elementos de acondicionamiento.¬†La forma y el material de esos muros, si es que es pertinente llamar as√≠ a estas estructuras, son independientes al edifico que los contiene, porque se trata de un sistema que prev√© en su programaci√≥n las distintas posibilidades de configuraci√≥n de unas bater√≠as de salas pr√°cticamente adaptables a cualquier gran espacio. Despu√©s de haber visitado tres o cuatro de esas salas, por tanto, e incluso en diferentes pa√≠ses, uno termina por acostumbrarse al hecho de que poseen la capacidad de no encarnarse en una efectiva presencia, sino en una suerte de ausencia presente. Hay all√≠, dir√≠amos, una cosa antepuesta a mi consciencia, pero mi consciencia reacciona ante esa cosa no vincul√°ndose efectivamente, sino a su imagen como forma de preexistencia: la imagen caracter√≠stica que representa culturalmente al objeto en cuesti√≥n y que hace que se perpet√ļen sus r√©plicas aqu√≠ y all√°.
De vuelta a la precaria sala, nos encontr√°bamos con los mismos elementos, que en aquellas salas elevaban la experiencia sensorial, pero eso s√≠, en un arreglo cuya f√°brica, demasiado evidente, s√≥lo desaparecer√≠a cuando se apagasen las luces y quedase en segundo plano su grotesco ensamblaje; un ensamblaje, por lo dem√°s, que no iba a generar, como en aquellas salas, el impulso a querer repetirlo, porque lo que se encontraba all√≠ era, a todas luces, una¬†eventualidad,¬†en la que la labor de trasladado literal de partes tomadas de otros contextos inclu√≠a finalmente el traslado literal de la propia presencia abstracta de una sala de multicines moderna para hacerla colisionar al interior del viejo edificio. Los roces, en ese tipo de encuentro, no pod√≠an sino ser evidentes; era una cirug√≠a mal hecha que evidenciaba unas pretensiones no alcanzadas, pero que por eso mismo, exhib√≠a una potencia l√≠rica como la de un¬†collage, con sus bordes de encuentro entre materiales diversos, abandonados a la imposibilidad de fusionarse completamente, decretando su materia, alg√ļn tipo de inteligencia propia, de derecho a expresarse por s√≠ misma y negarse a ser manipulada.
Todo este pensamiento, que no ocup√≥ en mi mente m√°s que unos segundos, era un acto personal dirigido exactamente a la misma cosa en el centro de la cual ambos est√°bamos inmersos, cosa que para ella habr√° constituido quiz√° s√≥lo un ensamblaje funcional hecho de una manera un tanto descuidada. Indiferente a nuestros pensamientos, en todo caso, la sala yac√≠a all√≠ de una forma √ļnica a la que ni ella ni yo podr√≠amos nunca acceder.
Cuando comenzó a entrar la gente, tomé tres fotos, como para capturar esa particularidad que parecía en cualquier momento poder simplemente desaparecer.