MARCELO GREZ


EL ESPACIO BAJO LA SILLA
2010,  
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Armazón de volantín

Somos cuatro los que estamos sentados a la mesa; uno a cada uno de los cuatro lados del pequeño mueble cuadrado. Los trayectos posibles de la conversación, suponiendo que siguen las líneas rectas que trazan nuestras miradas al cruzarse, dibujan un rombo con una cruz inscrita, que flota sobre el mantel a la altura de los ojos; una estructura parecida, si se le ve desde arriba, al esqueleto de madera de un volantín al que no se le han pegado aún los respectivos papeles de colores. Si alguien abandonara la mesa o dejara de participar en la conversación, como lo hago ahora al bajar la vista y elaborar este pensamiento —que me libera de tener que hablar de cualquier cosa sólo para llenar los silencios cada vez más frecuentes que han empezado a sucederse—, esa estructura quedaría reemplazada por otra más simple: un triángulo; figura, para la que no encuentro una analogía tan precisa como la del armazón del volantín lo es para aquella otra.
—¿En qué piensas? —me acaba de preguntar; con una voz que aunque parezca firme, sé que oculta su nerviosismo y urgencia por compartir, lo que sea que ese pensamiento contenga, con nuestros invitados, para no contribuir a su posible incomodidad. Voy a prolongar un instante más la respuesta que ya tengo elaborada, sabiendo que el decirla, y a menos que cambiemos radicalmente el tema, quedaremos inmersos en un silencio más profundo. —Pienso en la silla en que estoy sentado —responderé. Bajaran la vista, o mirarán hacia otro lado; Irisia, tomará solidariamente mi mano por debajo de la mesa como diciéndome, «de acuerdo, mantén tu silencio». Ninguno insistirá en conocer los detalles de aquello en lo que pensaba, porque como bien lo saben, será el pensar de quien se dedicó por mucho tiempo a construir apasionadamente algunas sillas, sólo para renunciar un día a seguir haciéndolas por motivos que eventualmente le produjeron una profunda crisis, de la que prefiere no hablar. Nadie insistirá en volver a tocar ese asunto que, en el ámbito de esta relación que manifestamos ahora sobre el mantel, ya no amerita más comentarios.

Semen de silla

A veces me pregunto otra vez… ¿qué silla aparece si pienso realmente en volver a construir una? Pero cuando me la figuro, lo que surge es esa imagen recurrente, atroz y difusa en la cual, en una singular silla, abultada quizá como el empaste en el que un escultor empezaría recién a modelar una forma primitiva, semen de sillase encarna la suma de las alusiones y adiciones que de algún modo caracterizan a todas las sillas que he visto. La última de estas figuraciones, por recordar una, resumía en un solo mueble, todos esos memorables y disimiles pares de sillas que, vibrando al infinito ante la potencia voluminosa que era la configuración sobre cada tablero, vi una vez enganchados a una hilera de mesas de ajedrez puesta paralela a la calle. Un asiento de ladrillo y tabla frente a una silla de plástico con el emblema de una cervecera en el revés; un taburete de madera hecho con un cajón desarmado frente a una vieja silla de tubos metálicos y superficies pintadas de colores primarios; o la rebanada de un grueso tronco frente al resto de una silla de oficina, ya sin respaldo ni apoyabrazos, eran algunas de esas combinaciones, de una vitalidad invaluable, pero que poco importaban en realidad a aquellos jugadores; como poco importa ahora a estas tres personas que me acompañan a la mesa, la presencia anodina y monótona de las sillas en las que estamos sentados; unas presencias que me producen el mismo embotamiento que me asaltó cada vez que traté de dibujar otra vez una nueva silla, y para salir del cual, ensayaba con la escritura de unos breves poemas:

mesa es máquina, centro y eje
silla trono; es ilusoria

El gremio

Aquel grupo, ocupado en proponer sillas siempre novedosas, en el que solía trabajar antes de pasar a esta inmovilidad en la que gasto ahora el tiempo, escribiendo poemas o descubriendo las estructura imaginarias implícitas en las cosas, aún publica su revista; aquella, cuya portada solíamos ilustrar con una imagen del mueble más reciente que ofrecíamos, acompañada de sendos titulares que resumían esos interesantes temas, que yo mismo muchas veces ayudé a definir: «búsqueda de las rótulas-clave para viejas mecedoras», era uno, «proyecto de sillón para pequeño curul» otro; o el que era mi preferido, sobre los «diez axiomas que definirían la índole del asiento para el cuerpo». Recuerdo aquella hermosa portada que, a mediados de los noventa, hacía referencia al ese instante mágico en el que quedamos deslumbrados por la aparición de las primeras piezas, tan sencillas y a la vez llenas de modernidad, que construía el gran Mó Tza; hechas en el extranjero, sí, pero que la condición unitaria del continente hacía parte de una búsqueda que también era nuestra. Desde entonces, cada imagen de la última silla que producía el artista, incluida desde luego en nuestro sillarium local, la  atesorábamos como una suerte de hallazgo, de objeto precioso que hacíamos nuestro y pasábamos al otro como quien comparte un trago o un cigarro en una reunión de amigos. ¿Cómo nadie había descubierto antes esas cualidades tan sobrecogedoras que por su simpleza parecían tan obvias? —¡Cómo no se me ocurrió a mí! —pensaba más de uno. Pero aunque esa fiebre Tza, dejara marcas indelebles en todos nosotros, lo otro, lo posterior hecho por él mismo, si bien superior en maestría, comenzó a pertenecer a un universo de cosas menos arcaicas, menos sinceras quizá. En sus sillas recientes, esa geometría secreta de lo mínimo, tan típica de Tza, aparece rodeada de ideas inventadas, no por él, sino por los nuevos «analistas del buen sentarse», resultando todo en que quien las usa, ya no puede ser un apasionado de la silla pura, sino un connossieur de la ergonomía del mueble social. Cada nueva silla suya, podría decirse, es ahora un poco más vulgar y predecible. Y así fue, que vi lo que tanto atesoraba, convertirse en asiento del mercado; así fue que decidí, y aunque siguiesen impresionándome cada vez las mismas viejas imágenes, dejar de hacer sillas.

Más allá de la ficción

¡Qué absurdas estas cuatro sillas iguales en las que estamos sentados! Da lo mismo estar sentado en ésta o en cualquiera de las otras tres, pues no hay nada particularmente memorable en ninguna ¿Cómo nos veremos desde afuera?, ¿desde arriba?, ¿desde el centro de la mesa en torno a la cual no hay realmente cuatro sillas sino siempre una y la misma? Miro hacia abajo, y lo que veo son sin duda los pedazos de una silla asomándose a cada lado y entre mis muslos, y veo su mano, tomando la mía y diciéndo nuevamente sin decirlo, que me acompaña en mi silencio y, que aunque lo comprende, no puede dejar de sostener que, por otro lado, no puede ser más importante la opinión de quien hace la silla, que la de aquel que quiere sentarse para pensar en todo, menos en ella; que no puede ser menos silla una silla, por ser sólo algo que está tirado ahí para que el cuerpo no tenga que apoyarse directamente en el suelo; o por ser sólo un lugar mudo contiguo a la mesa en el que, tal como en el vaso de vino o la concavidad de la cuchara, el cuerpo simplemente se refleja.

Y aunque todo eso pueda ser cierto, no lo es menos, el hecho de que para la particular silla debajo de mí, este cuerpo pueda ser el que ella misma ha moldeado; el punto en el que seríamos todos el mismo cuerpo más o menos general que la necesita; un bulto extraño al que debe instruir, ciertamente sobre la comunión, pero también sobre la soledad, al hacerlo sentir intencionalmente como desarticulado, pues la historia que le narra es real sólo en la medida en que la asuma como una especie de estatuto según el cual, es ella, cada vez menos un simple mueble, y cada vez más la parte tácita de un sistema que lo prolonga. ¡Y es ése el punto! Sobre un mueble, el cuerpo no debería volverse pasivo dejándose calibrar desde afuera mientras cuelga huésped; sobre una verdadera silla, el cuerpo no debería poder mostrarse cada vez menos en detalle; o cada vez más, como una mera ficción que el artefacto de cuatro patas, asiento y respaldo articula al presente, pero en un constante movimiento hacia un fin inalcanzable que se maniobra convenientemente desde afuera. Por eso, aún prefiero pensar el mueble como una experiencia compleja, capaz de hablar de todo o de nada, frente a la cual no nos hacemos ningún favor al suponerla abstracta o sobreentendida; por eso prefiero pensar la forma de la silla como algo esencialmente inasible que está aquí, pero oculto, y que no es como se aparece a mi conciencia en la mayoría de las otras sillas, pues trabaja para un cuerpo que no puede ser extraído como patrón. Aún prefiero pensar que la silla para mi cuerpo sí existe, pero formándose siempre más allá de cualquiera de esas ficciones; en un arreglo que ya no me herirá al alzarme, sino que junto con permitirme descansar de todas las otras sillas, me será como una palanca firme con la cual abrir o afirmar el suelo; una emancipación de la silla, en fin, ejecutada para que mi cuerpo pueda declarar sobre ella, su supremacía.

Casas

Por lo que respecta a estas cuatro sillas, si bien es la luz del foco central en el techo rebotando cuatro veces a lo que llamamos silla, si bien desde mi posición cada una es la misma vista desde un ángulo diferente, el espacio que hay bajo cada una; ése que simplemente se arma entre el suelo, el reverso del asiento y las patas; ése sobre el cual, aunque caminemos a su alrededor de aquí para allá llevando platos sucios a la cocina, o tumbados conversemos toda la noche hasta quedar con la garganta seca y seca la voz, nadie hará un comentario, es en cambio, en cada uno de los cuatro casos, un cajón de sombra único y distinto a los otros tres; y no sólo porque la fuente de luz en el techo esté desfasada respecto al centro de la mesa, arrojando una sombra particular en cada uno, sino porque bajo cada silla ese espacio, en principio similar, se ha vuelto inédito y singular dado lo que fluye por su interior. Eran casas, cuando niños; recintos de los que uno se apoderaba; estancias que se recorrían en una entretenida secuencia que llevaba hacia el lugar central, hacia el templo o nave que se formaba bajo la mesa. Recuerdo que de los cuatro, siempre escogía el que estaba tras el mueble de madera, porque era más acogedor que el de la silla de al lado, abierto al living como una puerta; o que el de la silla que daba a la pared blanca del fondo, frío y confinado, o que el que daba al ventanal de la terraza, luminoso como una ventana.

Silla volcada

Quisiera tomar una de estas sillas y voltearla sobre la mesa, tal como hacen en bares y restaurantes al cerrar y comenzar a barrer la mugre acumulada; habría al menos algo interesante de qué hablar. Qué distinta se vería la silla puesta al revés; como una tarima dispuesta para que alguien se posicionase y tomase la palabra; como un podio vacío, inestable y teórico; como un espacio en el cual poder ubicar una escultura, o como una escultura en sí misma. La silla volcada, al margen ya de cualquier pensamiento externo al armazón concreto de cuatro patas y respaldo, fundaría así una nueva arquitectura, de resistencia a la propia cultura de las sillas y su uso como fondo sobre el cual recortar su figura en negativo; de apoyo al uso de la silla como ancla de su concepto en la memoria, o como Apocalipsis del concepto mismo de silla. Tras este acto, poético o subversivo de voltearlas, cualquiera de estas cuatro sillas se convertiría en un artefacto capaz de ser usado de dos maneras excluyentes: o para sentarse, o para poder recordarla como una invención. Se me ocurre, que bien podría incluirse junto a un supuesto manual del usuario, que indicaría «ármelas, ordénelas alrededor de la mesa y siéntese» (y que vendría dentro de los kits de cuatro, seis u ocho piezas), otro alternativo titulado: «manual opcional para quien quiera volver a ver la silla como una invención». Poseería básicamente dos instrucciones: 1.- ponga la silla patas arriba y percíbala, 2.- voltéela nuevamente y juegue bajo ella como un niño.
Siento que esbozo una sonrisa, y que se me pregunta —¿en qué piensas?, dándome a dudar si es que acaso es ahora la primera vez que se me ha preguntado. Me intriga cuánto tiempo y espacio lleva explicar el más breve pensamiento; cuántas cosas hay comprimidas que transcurren como en otra frecuencia, imposibles de ser transcritas sin un derroche de palabras; cosas que dudo si no sería mejor no haber sacado nunca de la caja del pensamiento.

 

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