ÉMBOLO

Sobre un pavimento lleno de picadillo de periódico, como si un desfile acabara de pasar, había un niño descalzo frente al semáforo pidiendo monedas. Cuando cambió a verde, corrió hacia el quiosco que estaba en la esquina, y mientras sus dos compañeros distraían al vendedor, tomó uno de los diarios que estaban puestos en pilas en las parte baja. Desaparecieron por un buen rato, pero tras unas cuantas vueltas del semáforo, regresaron con el diario hecho picadillos entre las manos para colocarlo cuidadosamente en montoncitos sobre la rejilla de la toma de aire del Metro. Uno de ellos puso la oreja en ella y gritó —¡Ahí viene! Entonces, como por el hoyo de una jeringa vacía cuando el pistón de goma recorre el barril, el tren desalojo el aire del túnel haciendo estallar en el aire, junto a mi risa y la de los niños, una nube de papelillo. Jugaban con el más grande de los trenes eléctricos, haciendo evidente además, de una manera inesperada, el pulso de la ciudad.