Apoyado en su centro mecánico, hay un cajón opaco pesando sobre mis hombros, proyectándose en canto libre hacia donde sea que dirija la mirada y hasta chocar en algún muro lejano que ya no deje pasar la mirada. Su perímetro (que si pudiese verse desde arriba, y como los nudos de calles amarradas a algún viejo monumento en el plan de Haussman) con forma de estrella o cruz, es transparente a los demás, que están absortos en el ejercicio de sostener la carga puntual, trasparente también para mí, de sus propias plazas móviles instantáneas que como monumento reconstruyen a cada paso en número igual al de los que caminan traspasándose sin chocar.