se abre de pronto en la autopista, un descampado. deTras de los árboles del aquel borde asoman unos mástiles de barco; son los de esa réplica de una de las carabelas de Colón que aparenta flotar en el lago artificial del parque proyectado para la ciudad por Burle Marx en la década de los setenta; una nave con un casco muy cóncavo que si bien en una primera mirada puede fascinar —como cuando en la costa se ve por primera vez un bote de pesca puesto boca abajo alzado por la proa insinuando una suerte de habitáculo— pero que luego, rodeado de pequeños botes a pedal para dos personas que se arriendan por media hora, pasa a ser sólo una utilería escénica encallada en el muy poco profundo estanque sinuoso. Al otro lado, alineado a los hangares del aeropuerto militar, hay un carrusel que, sin su utillaje de luces de colores, vuelve a verse siniestramente como el dispositivo de entrenamiento militar que está en su origen, y una carpa de circo colorida conteniendo PROBABLEMENTE un espectáculo que bien podría caber al interior de cualquiera de los hangares, pero que se justifica porque siendo lo que es, además de solventar los aspectos prácticos de la itinerancia, comunica ese aire festivo y subversivo del orden que permite anunciar que en su interior se vive el placer de contemplar el patetismo de algunas miserias humanas. Más allá, en la isla que se forma al encontrarse la autopista con el aro de retorno al Parque, aparece la enorme escultura abstracta del cinético Jesús Soto; una bola naranja de unos once metros de diámetro que flota como suspendida en el centro del espacio acuoso de una caja estructural definida por un marco metálico. aunque La mirada lúdica no exige una explicación, pronto se constata que lo que crea la ilusión, es que cada una de las barras verticales de una lluvia colgada, está pintada de naranja en el segmento que corresponde a la esfera virtual que las agrupa. pero ¿qué hace allí una esfera naranja levitando? en el intento de integrarse a la vida hace dos cosas. por un lado, es una desproporción, o sin proporción, porque en tanto abstracta, existe sin escala y conserva sus cualidades independientemente al tamaño en el que se decida eventualmente construir; como la caja de oteiza; pequeño ejemplar de 30 cm, ocupa un espacio, tiene cuerpo y peso, es real, concreta; pero dada su naturaleza astracta viene otra persona y la transforma en escultura urbana monumental, obviando lo material, ya o puede seruna lamina doblada o piedra tallada, haciendo fluir dentro de ella el espacio urbano y lucir artificiosamente sus valores. como cuando la pintura abstracta cinética durante su periodo cumbre en la década de los ochenta, se asumió una propiedad separable, y se aplicó a silos, muros, fachadas de edificios, a las riberas del rio o al suelo del aeropuerto, e incluso como líneas diagonales de colores al espacio entre las rayas blancas de los pasos peatonales, donde el malabarista. por otro lado, es ponerla en un lugar, su instalación en el espacio urbano, en cuyo lugar, pudo estar esa o cualquier escultura abstracta, el que el ciudadano cotidiano no terminará de entender la soberbia metáfora de que se trata, pero si ha comprendido su sentido, es el hermetismo del arte moderno cumpliéndose, de dejar atrapada a la mirada en una incomprensión, que es como arte abstracto de embellecimiento, simplemente asumiéndola parte del paisaje ya por décadas, denote el gusto moderno de la gobernación. es suerte de impuesto moral imputado al artista exitoso, y de expurgación típico de lugares y edificios públicos de alta concentración de capital. viendo la bola por el retrovisor, mas pequeña, parece ABSTRACCIÓN de una de las tres pequeñas esferas naranjas hace piruetas el Malabarista equilibrando sobre uno de esos enormes carretes de madera para cables de tendido elÈctrico, Ese mismo carrete interesa a un coleccionista, ´cosas que podrÌa servir de mesa, con cosas puestas encima, hablar· del traslado del que fue sujeto, puesto como un tambor o rueda inestable, que mas que colocar arte abstracto entre las rayas del rallado peatonal, ejecuta su acto durante el lapso en rojo del semaforo, y me habla de aquellos momentos en que el arte ha logrado subvertir ese destino fatal que le deparó la cultura como un objeto ambiguo o dual, con su singularidad y el virtuosismo de su ejecución,que pueden resultar intimidantes, adoptando en cambio la fisonomía de un proceso que no se diluye en transparencias sino que en su brevedad, porque Cada construcción todo elemento, el carrete, las tres esferas y su cuerpo siguen siendo lo que son, vemos determinadas leyes fÌsicas en acciÛn expresadas en el proceso de RESOLUCION de unos conflictos entre pesos, materiales y resistencias, atrapa la mirada en una opacidad efectiva apelando a propiedades físicas que el cuerpo del observador, bajo determinadas circunstancias podría también desarrollar, como el acróbata del circo, que como el bailarín o el futbolista, establece una sintonía inmediata con prácticas corporales milenarias, pero también con los juegos acrobáticos de los niños, que experimentan un goce vital al vencer pequeñas metas escalando, trepando y saltado. Más adelante aparece el anfiteatro al aire libre en el techo del Shopping mall, ese lugar alto privilegiado con una vista escénica de la ciudad gracias a la presencia del aeropuerto al frente, y ese gran descampado. Quien ha tenido ocasión de asistir a un espectáculo musical en el, puede percatarse de que no es en realidad un anfiteatro, de que por más que trate de construir visualmente una forma completa, no se consigue, pues no se ha respetado la integridad de uno, como forma clara en la mente; es la idea de uno que ha sido trasladada y adaptada al techo del edificio, un simple manto de gradas puesto y recortado en los bordes al que se le llamó alegremente anfiteatro; es una forma desnaturalizada de éste. era interesante imaginar el anfiteatro, o bien como algo que se encuentra al salir de la caja, bien constituido, con identidad de tal como para observar desde su centralidad la propia caja hermética como para recobrar las referencias que voluntariamente perdimos al entrar a ese mecanismo. O encástralo, estrellarlo integro en el cuerpo de la caja, y fragmentarla. En todos los casos subyace al final la pregunta de si son de peso los argumentos de subvertir la pureza de un teatro para adaptarla a otros fines. Con algunas cosas eso no es necesario, pero con otras si. El peligro en perder la posibilidad de profundidad. como sea el mall, me permita acceder a una profundidad. Es un objeto de conocimiento del mundo, un mundo que perturba a conveniencia la idea de anfiteatro, o un mundo que es capaz da adaptar la esencia de todo a unos fines ulteriores. La montaña es el fondo contra el que se contrastan estos artefactos; ella misma, ya que su profundidad geográfica real no todos han anexado como magnitud asimilable en su experiencia cotidiana, un perfil que se abstrae como el de una entidad bidimensional sobrepuesta al recorte del cielo y que aparece en trozos sorpresivamente luminosos encuadrados entre edificios anodinos al atardecer.