Haciendo momia su cuerpo
la madre intenta perpetuar el breve pestañeo
del niño asesinado, atropellado, quemado, muerto de hambre
o sacado a destiempo para evitarle una vida en ortopedias.
En el cuadrilátero, en un ritual ceremonial que condena la decapitación
y el caníbal salvajismo con que, indiferentes, hemos pateado a los niños,
los jugadores desprenden la cabeza de cuero y trapo,
a réplicas de aquellas momiecitas, para usarlas de balón.
Con los cuerpos y cabezas desechados cosidos entre sí
las madres hilvanan trajes de talla adulta para vestir a peloteros que,
esta vez, juegan para hacer participar al inocente amasijo de bebés,
de uno de los engranajes que habrían articulado la vida que no vivió;
amasijo, para el que el juego será un monstruo desconocido,
tal como también lo serían si los enfrentase, por ejemplo:
la silla de tubos, el urinario, el carrusel, el automóvil, la electricidad o la música;
adefesios varios que no le exhibirían, prendido a su encanto exterior,
respectivamente:
el debate ético que sostuvo con el símil de madera;
la artisticidad implícita que posee por haber sido pensado estrictamente como orinal;
el origen atávico que comparte con el dispositivo de entrenamiento militar;
el número ascendente de potentes bombas terroristas detonadas desde su interior;
el poder que ostenta de haber convertido humildes sillas en instrumento de linchamiento;
o, la invitación que cada vez ejecuta a ponderar el sonido del silencio.